lunes, 5 de octubre de 2009

Zapatos, calzoncillos y engañadoras.

RECUERDOS DE CUBA

A poco de llegar a Matanzas, caímos en cuenta que estábamos a 40 kilómetros de la playa más hermosa del mundo, Varadero. Era un crimen, por lo tanto, no disfrutar de esa playa todos los fines de semana. Viajar en “guagua“ o en taxis “de piquera“ era una verdadera aventura, es decir, una vez iniciada, no sabía uno cómo iba a terminar. Me puse entonces a la tarea de investigar qué automóvil podía comprar en ese escaso mercado y , siguiendo los consejos de mi viejo, (que nunca tuvo mucha plata), decidí que tenía que ser uno con repuestos fáciles de encontrar. Así, preguntando, me enteré que los modelos americanos de los años 50 utilizaban repuestos del jeep ruso GAZ , de tecnología muy similar, y que eran numerosos los reconstruidos por esa vía.


Noté que la mayor parte de los taxis “de piquera“ tenían un letrero pintado a mano en la maleta que decía GAZ y que la mayor parte eran Dodge de los años 50. La decisión estaba hecha. Lo busqué, lo encontré y lo compré. Un viejo Dodge de color indefinido, de cuatro puertas y con un motor impecable. La mecánica que me enseñó el viejo me permitió hacer un diagnóstico correcto: Bernardo, el vendedor, era el mejor mecánico de Matanzas y lo había reconstruido para él mismo. Ese “Doche“ era, en jerga cubana, un tabaco de tabaquero, el mejor puro hecho con picadura y hojas seleccionadas. Me refiero, obviamente, a los metales de bancada y a los anillos de pistón, porque el Doche carecía de tapa de bencina, marcador de bencina, espejo lateral y pulmón de avance de la chispa.


Años después me vine a enterar que lo que decía el letrero no era GAZ, sino 6A2, el horario de trabajo del taxi, de seis de la mañana a dos de la tarde. Igual usaba repuestos de GAZ, igual nos llevó a donde quisimos ir y siempre nos trajo de vuelta.


Mis numerosos viajes a La Habana a trabajar en el Comité Chileno de Solidaridad con la Resistencia Antifascista ¡uf!, ( un nombre tan largo como ambiguo porque separaba con claridad a los solidarios de los resistentes y cuya ambigüedad consistía justamente ¡en la definición precisa! ), esos viajes, como digo, me hicieron ver que el problema no eran los repuestos sino los neumáticos.


Si alguien me hubiera dicho que andaría en un auto con los neumáticos del Pato Donald, con sus característicos parches cosidos, no lo hubiera creído. El bloqueo norteamericano a la isla me hizo creer. En no pocas oportunidades, y bajo los consejos del Chino y del Guajiro, entrañables amigos de la “ponchera“ de Matanzas (lugar donde se “cogen los ponches“, es decir donde se parchan las cámaras), aprendí a coserlos con nylon de pesca mayor, mediante el simple expediente de perforar numerosos agujeros con la ayuda de un clavo al rojo y de acercar la herida con puntos de peletero: adentro - afuera, adentro - afuera, formando un ocho continuo, tal como lo aprendí como cirujano.


No sólo eso, los daños mayores requerían un refuerzo interior con un trozo adelgazado de otro neumático pegado con neopreno, lo que le daba el sonido característico de ir caminando en vez de ir rodando, como debiera ser. Tal vez por eso el nombre de “zapato“ del artilugio. Y cuando los viejos neumáticos se cuarteaban por dentro, fruto del asfalto hirviente del trópico, se hacía necesario usar “ calzoncillos “, una primera cámara abierta que permitía absorber los mordiscos de las fisuras.


Pero lo más increíble sucedió el día que me hice de un par de neumáticos ¡ nuevos !, que, desgraciadamente tenían un ring (aro), un número mayor que los que usaba mi sufrida y noble “bartavia“. Partí, orondo, a cambiar mis neumáticos a la ponchera. La sonrisa de labios apretados del Guajiro me dijo sin palabras, que eso era imposible. Nadie tenía neumáticos nuevos de la medida de mi auto y, si los tenía, no los cambiaba por nada del mundo. Lógica pura. Al ver mi desencanto me dijo, displicente y sonriendo, que había solución.

-- Chileno, ven mañana y te monto lah gomah esah, chicoh… --
Ante mi insistencia de saber cómo lo haría se limitó a responder el cubanísimo
-- Ya tu veráh, chicoh, ya tú veráh… --.


Tuve que aguantarme la curiosidad hasta el día siguiente, en que me instaló las “engañadoras". De los restos de un neumático de mi medida, rescató los ring que encajan en la llanta metálica y los adelgazó con la chágara, cuchilla afiladísima que, mojada, corta la goma como mantequilla. En realidad, la chágara es del tabaquero, pero hasta el bisturí del cirujano se pide con el mismo nombre.


Poniendo la primera “engañadora“ en la llanta, después el neumático sobremedida y luego la segunda, se lograba aprisionarlo e inflarlo normalmente.


Tenían una sola y cómica incomodidad. Después de viajar unos ciento cincuenta kilómetros en carretera con algunos baches, ( La Habana queda a cien de Matanzas ), los neumáticos se descentraban. A la mitad del camino de vuelta, el Dodge tomaba diferentes bamboleos. Si ambos se descentraban igual, parecía que el auto galopaba; si lo hacían de manera desigual, rodaba con un “ tumbaíto “ que le movía el trasero como mulata rumbosa bailando mambo. Ponerlos adelante, además de cómico, era peligroso. Eso me obligaba a detenerme en la primera gasolinera, a la entrada de Matanzas, allí los levantaba con un gato, los desinflaba y los centraba a golpes de martillo, infaltable herramienta del taller de mi maletero, hasta dejarlos centrados. Así aguantaban hasta el próximo raid.


Lo demás, eran pelos de la cola. Si se me fundía el motor, lo dejaba botado en la carretera y avisaba a alguno de mis numerosos amigos mecánicos. Ellos lo recogerían, lo repararían y me lo irían a dejar al frente de la casa en los próximos dos o tres días. Conseguir cualquier pieza fundamental, es decir, que impidiera su movimiento o su frenado, era facilísimo. Sin embargo, conseguir el fuelle del automático del avance, un filtro para la gasolina, un medidor de combustible, un espejo lateral, una tapa de radiador, eran tareas que ni los titanes podían lograr. Había que “inventar“, un término cuya acepción cubana es increíblemente mas amplio que el habitual.


Felizmente, mi viejo me había hablado de las burras de bigote, en las que el avance de la chispa del encendido se lograba mediante una varilla directa al tablero de instrumentos. Los tarros de conserva podía suplir cualquier tapa de radiador y el medidor de gasolina se podía suplir mediante un complicado sistema de vasos comunicantes hechos con vías de suero intravenoso. Adaptar ampolletas de diferente base mediante el simple expediente de soldar los cables a los contactos o hacer un interruptor de luz de freno mediante un contacto en el mismo pedal, eran desafíos menores. Pensando o preguntando, “poniéndose p’a las cosas, chicoh“, nunca dejó de haber una solución al alcance de la mano.


Tapizado de blanco con el plástico de colchones inflables y pintado a brocha con esmalte rojo furioso (rojo chino), lo único que nunca pude conseguir fue una radio para acompañar los viajes. La clásica radio rusa, sentada en el asiento posterior, fue la única alternativa. Por alguna razón desconocida, en esa posición tenía menos interferencia.

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