No es necesaria una cavilada operación intelectual ni sesudas comparaciones para observar cómo, en la enorme mayoría de los conflictos sociales, se repite la historia de Corazón Valiente.
El conflicto médico, formando parte de un descontento generalizado de los trabajadores de este país, no escapa a este paradigma de la historia. Nosotros también tenemos nuestro gobierno inglés prepotente e impositivo, nuestra princesa “amiga”, nuestros nobles de rapiña, nuestros clanes escoceses traidores, nuestros líderes crucificados y, lo más importante de todo, conditio sine qua non, la motivación de la masa, que nunca es compleja, que siempre es simple, porque sólo es aspiración a una vida mejor, a la libertad o a mejores condiciones de trabajo, sin la cual no habría nada.
Mientras la masa se moviliza expresando sus aspiraciones en forma abierta, los que tienen mucho que perder – y que ganar - juegan al doblez, al pepito paga doble, a ofrecer apoyo para luego, en el momento crucial, cuando ese apoyo resulta vital, retirarse con una sonrisa, sanos y salvos, a cobrar el premio de las tierras, los títulos ofrecidos y los cargos parlamentarios, destapando las militancias políticas de las que renegaron abiertamente al inicio de las movilizaciones.
Mientras tanto, los asesores, culebreando como cavallas con manos de gato,
elaborando planes de contingencia con olor a pescado podrido pero de una eficiencia indiscutible, basada en los estudios de la sicología social retardataria, son repudiados por sus patrones sólo cuando son descubiertos con las manos en la masa.
Los ilusos, como siempre, en el campo de batalla, recibiendo los flechazos, los manporrazos y las metidas de espada hasta la medinusa como dicen nuestros choros flaites: hasta la Made in USA de la empuñadura, aplicando el sincretismo a nuestra cultura chilensis, sufriendo la aplicación inmisericorde del Estatuto Administrativo, creado “con la finalidad de proteger al funcionario de los eventuales abusos de poder de la autoridad”, si hemos de dar fe a nuestros Contralores Generales de la República y a por lo menos un Presidente de la ídem.
Los que, ilusos, identificábamos a la princesa con la presidenta, comprensiva de los problemas del gremio, nos quedamos esperando las notas de ayuda, que nunca llegaron.
“Todos vamos a morir” repite Wallace, “pero no todos podremos decir que hemos vivido”, porque para él, como debería serlo para la enorme mayoría de los seres humanos, vivir es sinónimo de libertad, mensaje de alto decibelaje para los monitos Kikazaru, Mizaru e Iwazaru, que se tapan los oidos, los ojos y la boca, cuando lo que debían ocultar es otra parte, como Shizaru o Kenshin, el monito que no siempre sale,
(que mira, escucha y habla, y por eso se protege los genitales de la patada artera) y que se suman solamente al momento de cobrar los beneficios, con la cara de beatitud de los que siempre se pusieron lejos de todo mal, amén, en el punto exacto donde calienta el sol pero las papas no se queman.
Pero como Corazón Valiente es historia y no cuento, Wallace confía una y otra vez en los nobles escoceses que lo traicionan una y otra vez, hasta su muerte.
Esperemos que el triunfo final de los escoceses sea una lección para los mezquinos y traidores de siempre, y que no sea necesario que corra tanta sangre para llegar a la meta.
Eso nomás.
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