jueves, 8 de octubre de 2009

Pena de muerte

Discutir la pena de muerte parece ser un buen ejercicio para confrontar las distintas visiones de la vida que coexisten en una sociedad como la nuestra, dividida entre creyentes y no creyentes, entre los beneficiados por la gracia de la fe y los gnósticos que creen que la salvación, si existe, está en el conocimiento, en la gnosis.

Enfrentar el tema de la pena de muerte requiere un acuerdo metodológico mínimo, que baje las barreras de la propia convicción, que impida el atrincheramiento, que acepte la posibilidad de cambiar de opinión aunque la probabilidad sea ínfima

Y este acuerdo tendría que lograrse en términos de si esta discusión va a darse en términos valóricos, es decir, si se le enfrenta como la violación de un mandato divino, el “No matarás” de las Tablas de la Ley de Dios, o lo será en términos sociológicos, como una realidad, como lo que es, como el término artificial de las funciones vitales de un individuo catalogado por la sociedad como delincuente.


Y ya desde este inicio aparece el antagonismo entre quienes privilegian el fenómeno de la vida en términos trascendentes, en un contexto de creencias religiosas, en el terreno de la fe, de la verdad revelada, de la existencia de otra vida, y entre quienes, desde posiciones generalmente gnósticas, desprovistos de convicciones de este orden, mantienen la duda razonable, no satisfecha por argumentos que resultan ser, finalmente, indemostrables.

En este fuego cruzado, unos disparan por arriba y otros por abajo, de tal manera que ninguno gana, pero tampoco ninguno pierde (otra cosa que no sea el tiempo en esta discusión aparentemente estéril), porque en realidad apunta, a través de la pena de muerte, a enfrentar las convicciones profundas de una de las partes, con las dudas igualmente profundas de la otra, dudas conseguidas, no por una actitud de mero desconocimiento o desinterés, sino fruto de un largo proceso de interrogación, no pocas veces doloroso y tensionante.


Este antagonismo entre la fe y la razón, que pudieran entenderse como los extremos de la desigualdad aristotélica, entre el provecho de la bendición divina y el perjuicio de no tenerla, un enfoque que nos permitiría buscar el punto medio de la desigualdad - la igualdad - no encuentra aquí asidero, porque estas posturas extremas, a pesar de las apariencias, no guardan entre sí una relación continua, sino absolutamente discreta, porque asientan en órdenes de cosas que no guardan otra comparación que no sea por la extrema diferencia.


Y no sólo eso. Para cualquiera de las partes, el acercarse a un punto medio significaría abandonar la fe, un salto cualitativo que la hace ir en forma inmediata, a la posición opuesta, carente de fe. O a la inversa. No hay aquí puntos intermedios, como un interruptor de electricidad que está encendido por la convicción o apagado por la duda, pero cuyo mecanismo no puede quedar en una posición intermedia sin chisporrotear, sin cumplir su función y, por la tanto, sin perder su interruptoreidad.


Pero, a pesar de todo, si a través del diálogo un gnóstico se convierte en creyente, eso estará muy bien para él, en cuanto logró lo que antes no tenía, un interlocutor y un guía divino, pero igualmente y a la inversa, si un creyente pierde la fe y decide ir por el camino tortuoso de la duda, también habrá logrado dar un paso adelante en su propio camino, al darse cuenta de por lo menos de dos cosas: que la fe no existe sino como un producto de la mente humana, o que, existiendo la fe, en realidad nunca le había sido otorgada como gracia divina porque, de haberlo sido, nunca la habría perdido.
En cualquiera de las circunstancias descritas se habrá avanzado un paso en el camino del autoconocimiento y el diálogo, se habrá cumplido el fin socrático de ahondar la duda y de avanzar en el conocimiento, mediante el círculo eterno de la ironía y la mayéutica.

Mirada desde este punto de vista, la discusión se hace no sólo posible, sino necesaria, aunque la pena de muerte siga quedando en tierra de nadie.
Finalmente, puesto que la fe tiene un solo camino y la duda, en el peor de los casos por lo menos dos, sería un tema sólo para gnósticos y no para creyentes, y si las cosas siguen como van, con un Dios que nos está enviando permanentemente mensajes para recordarnos que no existe, llegará el momento en que la pena de muerte se decida por simple votación de los necios, “ya que los necios íntimamente creen que Dios no existe” (Thomas Hobbes).

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