Si sus dichos representan su pensamiento, ha quedado plasmado en un documento audiovisual público, lo más profundo del rencor nacional, de las pasadas de cuenta, de los comentarios zumbones, de las descalificaciones gratuitas, del intercambio de ideas - que no es ni intercambio ni es de ideas -, tan propio todo ello de nuestra decaída idiosincrasia y de la ramplonería ambiente que invade ya las altas esferas del poder.
Como si esto fuera poco, el acompañamiento vocinglero de una galería que parecía asistir a un diálogo de payasos de circo pobre, que podrán ser ramplones y fomes pero que ganan apenas para vivir, galería sin interés alguno en entender, que de eso se trataba, sino de aplaudir y abuchear según las conveniencias y no según el peso de los argumentos, que si por ello fuera, deberían haber guardado el más absoluto de los silencios.
Uno de los actores haciendo gala de un lenguaje pobre, directo, obvio, simple, explicando lo que es un comité, cuando lo que tenía que explicar era la teoría de los contratos administrativos, de las concesiones de obra pública, de las potestades tremendas de la autoridad administrativa para dirigir, controlar, sancionar o rescindir a su entero antojo la ejecución del contrato, de la subordinación absoluta del particular frente a la administración, obligada a la consecución final del bien público y no a intereses patrimoniales propios del derecho privado.
Llevado a ese terreno, las respuestas se habrían visto enmarcadas en normas legales y se habría impedido el triste espectáculo de las acusaciones ideológicas (en su sentido más pedestre, de registro militante y no de paradigmas intelectuales, que sería mucho pedir - dado lo observado -), de frases como “por eso es que nunca ustedes llegarán al poder”, espetadas por alguien que es ocasionalmente, Presidente de todos los chilenos y otras lindezas tan adecuadas al ambiente parlamentario como el “chaucha, caluga o menta” del enfrentamiento en los recreos de la primaria.
El moderador, bien, gracias.
El otro, empoderado en mala hora en su papel de acusador público, con una grandilocuencia estudiada ante el espejo... que duda cabe, con frases célebres que no venían al caso, insistiendo machaconamente no en ideas, sino en una sola palabra: “chambonada”, mal elegida además porque una de sus acepciones es lograr algo de chiripa, ignorando olímpicamente los temas legales, administrativos, técnicos y de procedimiento que llevaron al desastre al Transantiago, ofuscado en su intento de terminar con el “váyase”, como si esa fuera la solución al problema. Y todo ello con una sonrisa, inexplicable dada la seriedad del tema, pero explicable en la condescendencia del boxeador que golpea, inmisericorde, el mismo ojo hinchado del contendor, una y otra vez.
Afirmar que el origen del problema está en los incumplimientos de los concesionarios que priorizaron el lucro, ya está más que claro, y era de esperar, ¡era que nó! como diría mi abuela.
Es problema de fondo es otro. A pesar de los principios de bien público que animan a los contratos administrativos, es de una ingenuidad, de una ineptitud o de una corruptela inaceptables -en cualquiera de las opciones- que la autoridad administrativa no cautelara el comportamiento de los concesionarios contando, como cuenta, con todas las herramientas para ello, tan poderosas que se definen como exorbitantes, porque ante ellas al particular sólo le queda el recurso de la indemnización.
Sin embargo, al hacer el balance final, de manera sorprendente, aquí se da el absurdo de que han incumplido y han sido indemnizados.
Si bien se mira, los concesionarios fueron estimulados a lucrar, y como muestra, dos botones: el pago de multas de hasta cuarenta veces el valor original y las enormes sumas pagadas por el Estado antes de la puesta en marcha, por incumplimientos estatales de infraestructura que pasaron piola en su momento y que les permiten ahora, a los concesionarios, el pago de multas muy menores, por incumplimientos propios.
Quince minutos fueron bastantes para mí, ignoro si en el resto del tiempo se pusieron serios.
De la señalética del Transantiago
No hay comentarios:
Publicar un comentario