miércoles, 7 de octubre de 2009

Los días felices de Cartagena


“Me acuerdo que la mamá nos despertaba a las cinco de la mañana, porque había que desarmar las camas para sacar los colchones. Los amarrábamos arriba del auto y encima los bolsos de nosotros ocho, más los de los papás. Tomábamos una leche no más, porque en Melipilla parábamos a tomar desayuno. Todos los veranos eran iguales. Nos íbamos a Cartagena dos semanas, a veces más.

“Para el abuelo era un costo grande, porque éramos muchos y porque la mamama no trabajó nunca, se dedicó a cuidarnos a los ocho. Incluso a veces él no se quedaba con nosotros y viajaba los puros fines de semana.

“Nos quedábamos en la pensión “Días Felices” de la señora Quena, que tenía el labio superior levantado y se le veían las encías. Además era asmática y respiraba con un silbido. La pensión quedaba como casa familiar, porque ocupábamos todas las piezas.

“La Estrellita y la Olga, que murió el ochenta y tres, dormían juntas en el segundo piso. La pieza de ellas tenía un balcón que dominaba toda la playa, así es que ése era el punto de encuentro después del almuerzo, antes de decidir qué íbamos a hacer en el día.

“ El Rubén, el Tolo y yo, éramos los más grandes, teníamos la pieza de abajo, al lado del pasillo que daba a la puerta de salida. En la noche había que entrar despacito porque la casa era vieja y el piso de madera crujía. Después nos dimos cuenta de que las tablas que estaban al borde no crujían.

“Mauricio, el Floro y el Pacho se quedaban al final de la escalera, al lado de los abuelos. Cuando el papá se quedaba en Santiago, las niñitas se iban a dormir con ella. Entonces nosotros aprovechábamos y nos íbamos a la pieza del segundo piso a silbarle a las lolas que pasaban por la calle.

“Una vez una señora llegó a reclamar, pero la señora Quena, que nos quería mucho – porque no sabía del asco que le teníamos a sus encías y a su asma – le dijo que debería estar feliz, porque con los años ya ni vieja fea le gritaban y que se fuera a alegar a otro lado o llamaba a los pacos par que se la llevaran por molestosa. Desde la escalera escuchamos la conversación y desde ese día le encontramos mejor sabor al pescado frito y la sopa de mariscos que ella, sagradamente, cocinaba a la hora de almuerzo y comida.

“En las tardes, después de la sopa, íbamos a la playa: los mayores separados de los chicos y las niñas por otro lado, porque decían que les espantábamos a los posibles pretendientes. Nosotros nos reíamos y las molestábamos tanto que a veces se ponían a llorar y tenían que volver a la casa, porque con esas caras no iban a conquistar a nadie, Otras veces, en la noche, hacíamos lo mismo.

“Cuando se habían conseguido permiso con los abuelos para salir, les preguntábamos a los papás que si sabían a dónde iban, que nosotros no sabíamos y que era peligroso que dos niñas tan bonitas anduvieran solas por la calle en la noche. Y si a alguno de los pinches se les ocurría ir a buscarlas, nos sentábamos los seis en el living y los interrogábamos sobre sus intenciones, que adónde llevaban a nuestras hermanas y que si les pasaba algo que ya sabían lo que les esperaba.

“En la noche nos juntábamos en la plaza a tomar cerveza y a fumar. Si enganchábamos a alguna lola, hacíamos un grupo y nos íbamos a la playa: Algunos de estos amores duraron después en Santiago o a veces los continuábamos al año siguiente.

“Después que me casé con tu mamá supe que ella también veraneaba en Cartagena en esa época: Claro que como ella tiene cinco años menos y yo me las daba de grande, no debo haberla ni visto. Imagínate que si yo tenía dieciocho, ella tenía trece. ¡Nunca!

“En ese tiempo estaba todo el cuento de los músculos y el señor Atlas y todo eso. En la playa se ponían unos tipos a levantar pesas. Yo sabía que podía levantarlas, pero no quería hacer el ridículo delante de todo el mundo, así es que una noche me fui a la playa – porque dejaban las pesas ahí, como nadie se las iba a llevar – y la levanté a la primera. Ésta es la mía, pensé y al día siguiente, cuando preguntaron si alguien se atrevía, yo me adelanté entre el grupo y dije “Yo”.

“Me quedaron mirando como “ah, sí, tú... dale no más” sin mucho convencimiento. No hice caso, tomé la pesa y a al primer envión la levanté; Se escuchó un ¡Ohhh...! que hasta hoy lo tengo grabado en la memoria. Desde ese día fui el rey de la playa.

“Después dejamos de ir porque algunos de nosotros comenzamos a ir a la universidad y teníamos otros amigos y otros compromisos, además que como Cartagena empezó a quedar muy cerca de Santiago, se empezó a poner más rasca. Pero es bueno recordarla así. A veces voy en Invierno, pero ya no es lo mismo”

(Escrito por mi hija Luciana en 1997, con los recuerdos de mi
adolescencia que alguna vez le conté)

No hay comentarios:

Publicar un comentario