miércoles, 7 de octubre de 2009

Lo mejor de nuestras vidas.Cinearte.


El beso. Constantin Brancusi. 1908

Bajo una trama aparentemente simple y casi como una comedia de enredos, donde se entrecruzan una y otra vez las vidas de personas aparentemente disímiles en sus historias de vida, sus edades sus anhelos y sus derrotas, el hilo conductor parece ser la disconformidad con la “vida” que a cada uno le ha tocado vivir.

El pianista famoso y rico se siente ahogado en su traje de etiqueta y quiere una vida más simple pero con más afectos, tocando en camisa para los enfermos de cáncer. Envidia a la protagonista porque “es joven, tiene buena voz y no asiste a conciertos”, es decir, la envidia porque es auténtica, porque es simple y porque hace lo que quiere hacer y no tiene ataduras que se lo impidan.

Su mujer, que ha sido, como él lo dice “su soldado”, comprende que la vida es algo más que estar al servicio de alguien, y que compartirla le da su verdadero sentido.

El viejo coleccionista no quiere seguir viviendo de los recuerdos y decide vender todo lo que acumuló con su esposa muerta, para inventar una nueva vida. Cuando el hijo le reprocha la juventud de su nueva pareja, él filosofa: “se puede vivir o se puede morir, y yo elijo la vida” y cuando el hijo intenta burlarse, diciéndole que se engaña pensando que lo que siente por su nueva pareja es amor, él le dice que su historia de amor fue con su madre y que Valerie es una “putilla encantadora”. Mas adelante, le hace ver que sabe de su aventura con ella, pero que eso no le importa, tal vez porque, tal como lo dice, la vida a estas alturas se mira de otra forma.

El hijo aprende la lección y abandona a su esposa, o lo abandonan, no se sabe, para luego, sin saber realmente lo que quiere, intentar recuperar a Valerie, que prefiere el dinero y el trato de su padre. Finalmente y por casualidad termina relacionado con la protagonista. Es el único que expresa debilidad, tanto en su conducta errática, como en sus achaques ulcerosos.

Toda la trama se desarrolla inserta en el arte, sea éste la música “seria” del pianista, el arte liviano de la comedia o la venta de obras de arte, que son los tres eventos que van confluyendo hacia una especie de gran final. En los diálogos está presente, como telón de fondo, la pareja de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, ambos intelectuales que fijaron la mirada en el mundo que los rodeaba, tal como lo hacen los protagonistas. El peso de la teoría filosófica del existencialismo del primero, que opaca el feminismo de la segunda, de pronto se invierte, y ante el intelectualismo frío aparece la conducta apasionada de la Beauvoir, que no teme aparecer como lesbiana si con ello puede acercar mujeres a su pareja, porque prefiere una vida vivida y no una vida intelectualizada. Eso es lo que descubre el productor de cine en sus conversaciones con la comedianta que el quiere para representar a la Beauvoir.

La sensibilidad de la protagonista está escondida en una frivolidad aparente, mira las joyas sin poder comprarlas, pero se expresa directa en su frase “dan ganas de enamorarse”, al mirar la escultura de “El beso”, y también al obligar al viejo coleccionista a no olvidar su historia de amor, recuperando la escultura del remate. El beso es un tema recurrente en el arte y, aunque pueda parecer obsceno, pero que no lo es, la escultura es casi una réplica de “El Beso” de Klimt, en el que la pareja se funde en una imagen que recuerda al órgano sexual masculino.

Todos los personajes quieren moverse desde donde están, tal vez sin darse cuenta que ese interés de cambio es el verdadero impulso vital, que lo importante no es llegar, sino estar yendo, y que no es verdad lo que dice un poeta, que “la vida siempre está en otra parte”, o que es verdad, si lo que quiso decir es que las metas están en el futuro incierto, no existen, pero son las que alientan y entusiasman a salir al camino. Así lo expresa Tagore con su alegoría del cartero del Rey, que llega justo cuando quien, después de esperarlo por años, acaba de morir, o como el proverbio hindú que sentencia: “Si lloras en la noche por el sol, nunca podrás ver las estrellas”.

Es una historia llena de contrapuntos: el arte serio y la comedia; la vida de obligaciones y la vida de los afectos; la vida de joven y la vida de viejo; el pasado y el presente; el presente y el futuro.

Los únicos contrapuntos que no aparecen, son los favoritos de las películas no pensantes: el héroe y el villano, la bonita y la fea, el valiente y el cobarde, el superman y el hombre común. Aquí todos son hombres y mujeres comunes que tratan de armar sus vidas día a día, conscientes de estar vivos y de que la vida no es más que movimiento.

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