Fuente:
http://blogdintrans.blogspot.com/
escrito por René Dintrans
Cuando un carabinero patea en la cara a un mapuche mientras otros policías lo tienen reducido, no sólo es un acto brutal y cobarde; es la total y absoluta impudicia, ya que estos hechos se llevan a cabo en la vía pública, en presencia de numeroso público y frente a las cámaras de la TV.
Cuando el ministro de Interior, haciendo uso de frases cargadas de bilis, amenaza a una comunidad mapuche completa, advirtiéndoles que de pertenecer a ella los presuntos autores de los últimos atentados incendiarios, de llegar a esa conclusión el fiscal, aquella comunidad no participaría de la entrega de tierras que está en la agenda del gobierno que termina.
Cuando la presunta responsabilidad penal es causa de un castigo social llevada a cabo por el Estado, entonces esta es la perversión misma del Estado de Derecho, ya que las responsabilidades penales son individuales como todo el mundo debiera saber.
Nadie puede desquitarse con los familiares, con los amigos o con los vecinos de un presunto responsable de hechos delictivos.
A nadie entonces debiera sorprender que un mapuche que va a preguntar por la suerte de su padre que se encuentra detenido, sea violentamente golpeado por Carabineros de Chile, en vez de darle una respuesta adecuada a lo que está requiriendo como merece todo ciudadano de una república que pretende ser.
Es evidente la conexión que hay entre el deseo de las autoridades del Estado y los hombres encargados de ejercer la represon. Desde luego está la invocación de la ley antiterrorista, facultad exclusiva del gobierno, que da carta blanca al abuso en contra de las personas presuntas de cometer ciertos actos que estipula esa controvertida ley sobreviviente del pinochetismo.
A nadie entonces debiera escandalizar, que después que el subsecretario Rosende abandona el lugar de los hechos donde se desarrolla el conflicto chileno-mapuche, fuerzas especiales traídas para la ocasión desde Santiago ajusticien por cuenta propia al comunero mapuche Jaime Mendoza Collío disparándole por la espalda
Nadie debiera extrañarse del montaje que el frío ejecutor llevó a cabo en abierta complicidad con sus superiores, al sacarse el chaleco antibalas y descargarle unos escopetazos para simular que había sido atacado. Total, la ley antiterrorista da para eso, para hacer montajes cinematográficos, para acreditar falsos testigos encapuchados, y para mucho más.
No sorprende en lo más mínimo que el capitan de Carabineros llamado Marcelo Morales haya humillado a los policías subalternos que tienen apellidos mapuche
Ni siquiera sorprende ver una Machi maniatada en el suelo, que los carabineros hayan secuestrado a su hijo de 13 años con quién recolectaba hierbas medicinales, que lo hayan subido a un helicóptero, lo hayan amarrado y amenazado de lanzarlo al vacío si no le daba los nombres de los comuneros indígenas que son la vanguardia rebelde de su comunidad.
Me parece que la sociedad chilena no ha mejorado de su enfermedad, del racismo, el clasismo, del abuso del Estado.
Está tan enferma como cuando degeneró en esos despreciables monstruos represores, torturadores y criminales. Puesto que nadie lo advertía, nadie se daba por enterado de lo que ocurría. Nadie decía nada.
Ahora nadie quiere referirse a la responsabilidad que le corresponde en estos hechos a una vaca sagrada que bordea el 80% de de aprobación popular en el máximo cargo público que puede ostentar un chileno.
Es de mal gusto señalar a la mujer de hierro como responsable de las atrocidades que se comete en contra de comunidades mapuches, de sus niños y ancianos, y de sus indómitos jóvenes. Puesto que todo el mundo la considera amorosa, dulce, y nadie quiere perder su simpatía traducida en votos.
Estamos en elecciones, nadie quiere ser impertinente, todos codician ese preciado sillon, los aprontes auguran una llegada estrecha. Lo mejor es callar, puesto que lo pertinente es estar con ¿el orden de las cosas?, con el ¿orden natural?.
El anuncio de declaración de guerra al Estado de Chile, y la renuncia masiva a la ciudadanía chilena de su comunidad por parte de un Lonko que la representa, parece una impertinencia, sin embargo tiene sentido, no hace más que actualizar una realidad.
En los irrefutables hechos del pasado y del presente, los mapuches han sido y son ciudadanos de tercera clase, siempre han sido hostilizados y reducidos por la represión estatal, la usurpación de sus tierras, y por su corolario la pobreza extrema.
Y siempre han estado en guerra, puesto que jamás han firmado una paz con el Estado chileno.
Atte. René Dintrans
erredintrans@yahoo.es
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sábado, 24 de octubre de 2009
viernes, 23 de octubre de 2009
¡MARICI WEU MARICI WEU!
La introducción de Jean Paul Sartre a “Los condenados de la tierra”, de Franz Fanon, nuestro libro de cabecera de los años sesenta, es una denuncia descarnada del colonialismo europeo sobre los indígenas del tercer mundo, el mismo que no requiere ahora de agentes externos, porque los colonos son ahora nacionales. Lo que sigue es un extracto de ese texto que emociona, porque nada ha cambiado, porque los colonos de ayer y los perez yoma, los rosende de hoy son los mismos, los condenados de ayer son los mismos Huilcamanes y Catrileos de hoy, la represión, el desprecio y la deshumanización, las mismas, los revolucionarios de café… los mismos.
“No hace mucho tiempo, la tierra estaba poblada por dos mil millones de habitantes, es decir, quinientos millones de hombres y mil quinientos millones de indígenas. Los primeros disponían del Verbo, los otros lo tomaban prestado. Entre aquéllos y éstos, reyezuelos vendidos, señores feudales, una falsa burguesía forjada de una sola pieza servían de intermediarios. En las colonias, la verdad aparecía desnuda; las "metrópolis" la preferían vestida; era necesario que los indígenas las amaran. Como a madres, en cierto sentido. La élite europea se dedicó a fabricar una élite indígena; se seleccionaron adolescentes, se les marcó en la frente, con hierro candente, los principios de la cultura occidental, se les introdujeron en la boca mordazas sonoras, grandes palabras pastosas que se adherían a los dientes; tras una breve estancia en la metrópoli se les regresaba a su país, falsificados. Esas mentiras vivientes no tenían ya nada que decir a sus hermanos; eran un eco; desde París, Londres, Ámsterdam nosotros lanzábamos palabras: "¡Partenón! ¡Fraternidad!" y en alguna parte, en África, en Asia, otros labios se abrían: "¡...tenón! ¡...nidad!" Era la Edad de Oro.
Aquello se acabó: las bocas se abrieron solas; las voces, amarillas y negras, seguían hablando de nuestro humanismo, pero fue para reprocharnos nuestra inhumanidad. Nosotros escuchábamos sin disgusto esas corteses expresiones de amargura.
Primero con orgullosa admiración: ¿cómo?, ¿hablan solos? ¡Ved lo que hemos hecho de ellos!
Si hubiera, nos decían los expertos, la sombra de una reivindicación en sus gemidos, sería la de la integración. No se trataba de otorgársela, por supuesto: se habría arruinado el sistema que descansa, como ustedes saben, en la sobreexplotación.
En una palabra, el Tercer Mundo se descubre y se expresa a través de esa voz. Ya se sabe que no es homogéneo y que todavía se encuentran dentro de ese mundo pueblos sometidos, otros que han adquirido una falsa independencia, algunos que luchan por conquistar su soberanía y otros más, por último, que aunque han ganado la libertad plena viven bajo la amenaza de una agresión imperialista.
El colono no tiene más que un recurso: la fuerza cuando todavía le queda; el indígena no tiene más que una alternativa: la servidumbre o la soberanía.
Nuestra fuerza de choque ha recibido la misión de convertir en realidad esa abstracta certidumbre: se ordena reducir a los habitantes del territorio anexado al nivel de monos superiores, para justificar que el colono los trate como bestias. La violencia colonial no se propone sólo como finalidad mantener en actitud respetuosa a los hombres sometidos, trata de deshumanizarlos. Nada será ahorrado para liquidar sus tradiciones, para sustituir sus lenguas por las nuestras, para destruir su cultura sin darles la nuestra; se les embrutecerá de cansancio. Desnutridos, enfermos, si resisten todavía al miedo se llevará la tarea hasta el fin: se dirigen contra el campesino los fusiles; vienen civiles que se instalan en su tierra y con el látigo lo obligan a cultivarla para ellos.
Si se resiste, los soldados disparan, es un hombre muerto; si cede, se degrada, deja de ser un hombre; la vergüenza y el miedo van a quebrar su carácter, a desintegrar su persona. Todo se hace a tambor batiente, por expertos: los "servicios psicológicos" no datan de hoy. Ni el lavado de cerebro. Y sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos, no se alcanza el fin en ninguna parte: ni en el Congo, donde se cortaban las manos a los negros ni en Angola donde, recientemente, se horadaban los labios de los descontentos, para cerrarlos con cadenas. Y no sostengo que sea imposible convertir a un hombre en bestia.
… ni hombre ni bestia, es el indígena. Golpeado, subalimentado, enfermo, temeroso, pero sólo hasta cierto punto, tiene siempre, ya sea amarillo, negro o blanco, los mismos rasgos de carácter: es perezoso, taimado y ladrón, vive de cualquier cosa y sólo conoce la fuerza.
…ese personaje déspota, enloquecido por su omnipotencia y por el miedo de perderla, ya no se acuerda de que ha sido un hombre: se considera un látigo o un fusil; ha llegado a creer que la domesticación de las "razas inferiores" se obtiene mediante el condicionamiento de sus reflejos. No toma en cuenta la memoria humana, los recuerdos imborrables; y, sobre todo, hay algo que quizá no ha sabido jamás: no nos convertimos en lo que somos sino mediante la negación íntima y radical de lo que han hecho de nosotros.
Por lo demás ya se sabe; por supuesto, son perezosos: es sabotaje. Taimados, ladrones. ¡Claro! Sus pequeños hurtos marcan el comienzo de una resistencia todavía desorganizada.
Es el momento del boomerang, el tercer tiempo de la violencia: se vuelve contra nosotros, nos alcanza y, como de costumbre, no comprendemos que es la nuestra. Los "liberales" se quedan confusos: reconocen que no éramos lo bastante corteses con los indígenas, que habría sido más justo y más prudente otorgarles ciertos derechos en la medida de lo posible; no pedían otra cosa sino que se les admitiera por hornadas y sin padrinos en ese club tan cerrado, nuestra especie.
La izquierda metropolitana se siente molesta: conoce la verdadera suerte de los indígenas, la opresión sin piedad de que son objeto y no condena su rebeldía, sabiendo que hemos hecho todo por provocarla. Pero de todos modos, piensa, hay límites: esos "guerrilleros" deberían esforzarse por mostrarse caballeros; sería el mejor medio de probar que son hombres. A veces los reprende: "Van ustedes demasiado lejos, no seguiremos apoyándolos." A ellos no les importa; para lo que sirve el apoyo que les presta, ya puede hacer con él lo que más le plazca. Desde que empezó su guerra, comprendieron esa rigurosa verdad: todos valemos lo que somos, todos nos hemos aprovechado de ellos, no tienen que probar nada, no harán distinciones con nadie.
Jean Paul Sartre
Septiembre de 1961
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De Chile con dolor
miércoles, 21 de octubre de 2009
Matilde: ¿adopción o regalo?
Ante el reciente fallo de la justicia de entregar a Matilde a otros guardadores mientras se concreta su adopción definitiva, cabe concluir que aquí se postergó el interés del niño, que a esta edad es de naturaleza plenamente afectiva, priorizando una norma de dudosa fundamentación, porque, ¿cuál es la razón de fondo que impide a una familia guardadora adoptar a un niño?
Lo que hasta aquí se ha escuchado es que sería injusto que las familias que cumplen requisitos rigurosos y que gastan uno o dos millones de pesos en las pericias sicológicas exigidas, se vean postergadas por un guardador que incluso, ha recibido dinero por la guardería. Pero ese es un argumento inadmisible, porque, se desvía a una competencia entre adultos, sin importar el daño que produce en el equilibrio afectivo del niño, que es el valor fundamental que busca, justamente, el sistema de adopción.
El enfoque sistémico permite clarificar la situación. No cabe duda que las conductas humanas son finalistas, trabajan y caminan buscando un objetivo, y tal como dice el proverbio, son muchos los caminos que conducen a Roma. En otras palabras, que es el resultado lo más importante, porque el proceso está en función de él.
Si bien es cierto que los futuros padres adoptantes cumplen una serie exigente de requisitos que intentan demostrar su idoneidad, no lo es menos que ésta sólo quedará demostrada en la práctica, porque habría que saber la cifra de adoptantes que renuncian, por las razones que sean, a la adopción ya obtenida. Este sería, en el enfoque sistémico, un análisis de proceso (que no asegura el resultado)
En cambio, las familias guardadoras han demostrado en la práctica un resultado: su idoneidad en el trato con los menores. Es decir que en estos casos el estudio "teórico" de idoneidad está reemplazado con creces por la práctica, porque, aunque resulte redundante insistir, lo que demuestra la práctica no se investiga, porque es un criterio de realidad
Si quisiéramos ser un poco más agudos en el análisis, se podría concluir que las motivaciones de adoptantes y guardadores pudieran tener un distinto perfil. Cualquier sicólogo infantil puede demostrar que la relación madre/hijo, sobretodo en nuestra sociedad, tiende a ser posesiva y por ende, a tener un sesgo egocéntrico. En las guardadoras, en cambio, su quehacer está definido por el servicio, por la temporalidad y no por la posesión del niño, por lo que cada vez que una guardadora establece un lazo afectivo poderoso con él niño, esta relación debería ser priorizada.
Se conocen casos en que la entrega a la familia adoptante, si bien obtenida coercitivamente, ha sido renunciada al constatar el sufrimiento del niño separado de sus "padres" guardadores, actitud encomiable que no hace sino demostrar lo que se conoce desde antiguo, que la legalidad inflexible, excesiva, produce daño: Summum jus, summa injuria.
En lo que no puede caber duda alguna es en la imperiosa necesidad de modificar la legislación de adopción, realimentándola con los datos del funcionamiento del sistema y con una mejor asesoría sicológica.
Lo que hasta aquí se ha escuchado es que sería injusto que las familias que cumplen requisitos rigurosos y que gastan uno o dos millones de pesos en las pericias sicológicas exigidas, se vean postergadas por un guardador que incluso, ha recibido dinero por la guardería. Pero ese es un argumento inadmisible, porque, se desvía a una competencia entre adultos, sin importar el daño que produce en el equilibrio afectivo del niño, que es el valor fundamental que busca, justamente, el sistema de adopción.
El enfoque sistémico permite clarificar la situación. No cabe duda que las conductas humanas son finalistas, trabajan y caminan buscando un objetivo, y tal como dice el proverbio, son muchos los caminos que conducen a Roma. En otras palabras, que es el resultado lo más importante, porque el proceso está en función de él.
Si bien es cierto que los futuros padres adoptantes cumplen una serie exigente de requisitos que intentan demostrar su idoneidad, no lo es menos que ésta sólo quedará demostrada en la práctica, porque habría que saber la cifra de adoptantes que renuncian, por las razones que sean, a la adopción ya obtenida. Este sería, en el enfoque sistémico, un análisis de proceso (que no asegura el resultado)
En cambio, las familias guardadoras han demostrado en la práctica un resultado: su idoneidad en el trato con los menores. Es decir que en estos casos el estudio "teórico" de idoneidad está reemplazado con creces por la práctica, porque, aunque resulte redundante insistir, lo que demuestra la práctica no se investiga, porque es un criterio de realidad
Si quisiéramos ser un poco más agudos en el análisis, se podría concluir que las motivaciones de adoptantes y guardadores pudieran tener un distinto perfil. Cualquier sicólogo infantil puede demostrar que la relación madre/hijo, sobretodo en nuestra sociedad, tiende a ser posesiva y por ende, a tener un sesgo egocéntrico. En las guardadoras, en cambio, su quehacer está definido por el servicio, por la temporalidad y no por la posesión del niño, por lo que cada vez que una guardadora establece un lazo afectivo poderoso con él niño, esta relación debería ser priorizada.
Se conocen casos en que la entrega a la familia adoptante, si bien obtenida coercitivamente, ha sido renunciada al constatar el sufrimiento del niño separado de sus "padres" guardadores, actitud encomiable que no hace sino demostrar lo que se conoce desde antiguo, que la legalidad inflexible, excesiva, produce daño: Summum jus, summa injuria.
En lo que no puede caber duda alguna es en la imperiosa necesidad de modificar la legislación de adopción, realimentándola con los datos del funcionamiento del sistema y con una mejor asesoría sicológica.
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De Chile con dolor
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